Ya se acerca el fin de año, y como siempre en estas fechas, echamos
la vista hacia atrás y hacemos valoraciones.
Este año he conocido sitios donde nunca había estado antes
como Rodiles y la Isla en Asturias, la Rana en Galicia y la cementera en
Barcelona.
He repetido sitios que me gustan mucho como Andrín, Doniños,
el Brusco y Las landas. Y me he quedado sin surfear en la Fortaleza.
La vuelta al trabajo no ha sido tan dura como pensaba. He
intentado no pensar mucho en lo que estaba haciendo hace unas semanas en
Australia, me he limitado a trabajar y fantasear en mis ratos libres en cual será mi siguiente
viaje.
El fin de semana escapé a una de mis playas preferidas donde
había muy buenas condiciones.
Después de estar tres horas en el agua, ya no
quedaba nadie, estaba solo, no había ni un alma en toda la playa, entonces salí
y me puse a caminar por la orilla. Mirase donde mirase no se veía a nadie.
Pensad, ¿recordáis cuando ha sido la última vez que habéis estado solos de verdad? No hablo de ir al curro en autobús, ni de coger el metro, hablo de estar unos días solo contigo mismo, con tu cabeza, con tus pensamientos. Parece sencillo, pero no lo es.
Normalmente, tenemos de costumbre el ir por la vida sin
pararnos a pensar, siguiendo el camino que la rutina nos tiene preparado. Pero
no, en este día para mí no había camino alguno, tampoco tenía prisa, ni planes, así
que tuve un encuentro muy profundo con mi mente.
Se habían juntado ciertos factores, y estando a 100 km de mi
casa, era como si siguiese en Australia.
Sol, olas y una playa paradisíaca de arena blanca para mí solo.
Si hubiese tenido prisa, no habría podido disfrutar
de este momento de soledad. Creo que a veces hay que frenar y levantar la
cabeza. A veces no hace falta irse de viaje hasta la otra punta del planeta
para sentir esto, sino en improvisar, apartarse del camino o hacer una locura,
como casi todo lo que vale la pena en esta vida.
A veces el mundo va
tan de prisa que no nos damos cuenta de lo que somos y tenemos a nuestro
alrededor.